(2018) Los discursos sobre los movimientos sociales: ¿auge, declive, efectos?

Saturday 23 June 2018, by Miguel Angel Martinez

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A raíz de una invitación recibida para participar en un taller sobre análisis crítico del discurso en Barcelona, escribí unos breves apuntes sobre el origen académico y político del estudio sobre los movimientos sociales. Un hilo conductor de esta reflexión es la perspectiva foucaultiana que invita a cuestionarse los conceptos que utilizamos y su imbricación con las relaciones de poder (ver una entrada anterior en este blog). Aunque ese cuestionamiento puede sugerir una posición ajena al objeto de indagación, propondré una salida menos elitista a ese dilema.


La sociología de los movimientos sociales (y su estudio por otras ciencias sociales) surge como una reacción intra-institucional, en el interior de las disciplinas académicas: algunos investigadores en ciencias sociales, con experiencias políticas activistas en los movimientos de la década de 1960, se oponen a las teorías funcionalistas dominantes en la fecha que concebían los movimientos sociales como “disfunciones”, “anomia”, anomalías irracionales, amenazas para la democracia liberal, etc.

El concepto de ´movimiento social´ comienza así a sustituir a los anteriores, concebidos como más ambiguos, por medio de operaciones que buscan definirlo con más exactitud. Los anteriores eran, principalmente: acción colectiva, protestas, tumultos, motines, rebeliones, etc. Las nuevas operaciones discursivas que pretenden definirlo con mayor rigor científico consistirían en: enfatizar la normalidad del conflicto político, distinguir las identidades políticas y los intereses compartidos en juego, presuponer la acción racional de los grupos sociales implicados, descubrir las redes sociales en las que surgen, determinar su causalidad (política, económica, cultural, etc.).

Este proceso, como otros semejantes en todas las ciencias, conlleva efectos de institucionalización. En concreto: a) las publicaciones, congresos y departamentos académicos reconocen, aceptan e integran la nueva sub-disciplina de estudio acerca de los movimientos sociales; b) los investigadores especialistas en esta sub-disciplina orientan prioritariamente su actividad a establecer “la verdad” científica acerca de los movimientos sociales (mucho más que a continuar como activistas en ellos o a proponerles estrategias).

A su vez, se originan distintas ramificaciones teóricas (movilización de recursos, estructuras de oportunidad, proceso político, identidades colectivas, “nuevos” movimientos sociales, emociones, etc.) en el interior de la sub-disciplina según las alianzas profesionales y los contextos académicos, políticos y económicos en los que surgen, de acuerdo a las estrategias de promoción de los investigadores individuales y como grupo de interés en cada disciplina académica. Estas ramificaciones dan lugar a revistas y congresos con sus respectivas orientaciones dominantes.

En esas luchas de poder también se introducen anomalías, disidencias y discontinuidades. Por un lado, surgen intentos de eclecticismo teórico que facilitan el tránsito de los investigadores entre las distintas escuelas y las posiciones académicas que proporcionan. Esto altera las divisiones anteriores y hace más denso y complejo el panorama de la (sub)disciplina. Por otro lado, surgen enmiendas frontales al propio concepto de movimiento social que intentan eliminar y reemplazar, casi siempre por medio de la importación de conceptos procedentes de otras áreas de las ciencias sociales (teorías del actor-red, psicosociología de las emociones, rizomas, imperio-multitud, escenas urbanas, resistencias ocultas –hidden scripts-, etc.). Ambas tendencias, al igual que los pioneros, reclaman para sí la virtud de producir innovaciones en el conocimiento de los movimientos sociales. Un ejemplo de “enmiendas” lo representa Zibechi, que prefiere hablar de “movimientos antisistémicos”, “prácticas alternativas”, “luchas-resistencias autónomas-autoorganizadas” en lugar de usar el genérico de “movimientos sociales”. Su foco de atención prioritario y el que motiva su rechazo a la nomenclatura que prevalece en el ámbito académico, es la “institucionalización” (apropiación, recuperación, cooptación, domesticación, etc.) de los movimientos por parte del Estado, el mercado y las diversas organizaciones burocráticas (ONGs).


La anterior descripción de cómo se originan y desarrollan los discursos académicos sobre los movimientos sociales quedaría incompleta sin incluir algunos elementos significativos del contexto histórico, político, económico y cultural. Por un lado, las ciencias sociales nacieron al albor de la Revolución Francesa, con el surgimiento previo de la Ilustración y de la extensión de la razón científica al dominio de la sociedad. Ese origen es ideológicamente “conservador” pues los primeros sociólogos como Comte buscaban conocer cómo es posible garantizar el orden y evitar el conflicto y la revolución; o, como Saint-Simon, iniciar reformas que mejoraran las condiciones de los menesterosos sin alterar las principales estructuras de poder.

Tanto en el ámbito político como en el económico el auge de la burguesía industrial y del capitalismo como principal modo de producción de la sociedad, dio lugar a la lucha de clases. Esta fue concebida por los movimientos socialistas, anarquistas y comunistas como el principal conflicto social y, por lo tanto, la raíz del movimiento obrero. Es éste el que tradicionalmente se asimiló a la noción de “movimiento social”, en singular. Y fue el marxismo la principal corriente teórica que lo conceptualizó como “praxis”: no solo para conocerlo sino para incitar una revolución privilegiando el punto de vista y las necesidades de los oprimidos.

Cuando se multiplicaron los frentes de conflicto a lo largo del avance del capitalismo, se comenzaron a distinguir “movimientos sociales” en plural, aunque sus vínculos con la lucha de clases se difuminaron casi al mismo tiempo: por ejemplo, los movimientos pacifistas, feministas, ecologistas, estudiantiles, religiosos, nacionalistas, etc. Aunque muchos de ellos tienen sus orígenes en el siglo XIX o antes, su proliferación e intensidad desde el ciclo de protesta en torno a 1968 conduce a muchos investigadores a acuñar la noción de “nuevos movimientos sociales” (Offe, por ejemplo) para enfatizar un espacio privilegiado de “política no institucional” que se distinguiría nítidamente de las bases sociales, demandas y repertorios de acción del movimiento obrero hasta aquella simbólica fecha.

Por otro lado, la consolidación del Estado-nación demarcaría, según Tilly y Tarrow, una escala determinante para el surgimiento de los “movimientos sociales” en comparación con formas de conflicto político anterior, más locales, particularistas y dependientes de formas de representación institucionales. Los “nuevos” movimientos que nacen en el siglo XVIII (poco antes de la Revolución Francesa) desarrollan “repertorios de protesta” cosmopolitas (incluyen a muchas comunidades y localidades), modulares (son fácilmente transferibles) y autónomos. Estos hechos determinarían que los principales rivales de los movimientos sociales sean las autoridades estatales, aunque otros grupos sociales, élites y códigos culturales pueden erigirse también en sus oponentes. No obstante, los límites estatales-nacionales de los movimientos sociales serán puestos en cuestión continuamente a lo largo del siglo XX, sobre todo (Arrighi y otros, por ejemplo).


Llegados a este punto sugiero varias hipótesis para responder a la pregunta que encabeza este texto: ¿han adquirido popularidad o, más bien, han perdido aceptación los discursos sobre los movimientos sociales? Y, en todo caso, ¿con qué tipo de efectos en su análisis y desarrollo práctico?

En primer lugar habría que distinguir las fuentes emisoras de los discursos acerca de los movimientos sociales:
a) los propios actores de los movimientos (divididos, a su vez, por lo menos en a.1 activistas y a.2 participantes-simpatizantes);
b) los investigadores académicos (b.1 activistas a su vez y b.2 no activistas o con muy débil vinculación al activismo);
c) quienes se oponen a los movimientos (c.1 autoridades estatales, c.2 élites económicas, militares, culturales, mediáticas y políticas, c.3 contra-movimientos);
d) el resto de la sociedad no vinculada directamente a los movimientos.

El conocimiento de los movimientos sociales, por lo tanto, dependería de cómo se articulan esos discursos entre sí, por una parte, y de cómo se articulan con las relaciones de dominación existentes en cada período histórico y ciclo de protesta, por la otra. Es esa articulación la que produce nociones hegemónicas de los movimientos, no la simple difusión de las definiciones y teorías académicas.

En segundo lugar, las relaciones de poder que se articulan con esos discursos seguirían cuatro tendencias principales:
a) la reproducción, persistencia o intensificación de los conflictos entre movimientos y oponentes;
b) la neutralización, apaciguamiento o eliminación de la visibilidad de los conflictos;
c) la recuperación, cooptación o institucionalización de los movimientos una vez que son reconocidos y aceptados por sus oponentes, y son satisfechas algunas de sus demandas;
d) la victoria de los movimientos frente a sus oponentes mediante la plena consecución de sus demandas o por vías de cambios revolucionarios del régimen político, económico y cultural.

A este respecto, creo que desde la hegemonía de las políticas neoliberales y de los flujos económicos globalizadores del capital (sobre todo, financiero) a partir de la década de 1970, ha aumentado la visibilidad de múltiples movimientos sociales en todo el mundo, incluso de un movimiento anti-globalización (o por la justicia global) de carácter parcialmente trans-nacional (rasgo ya presente en movimientos anteriores) desde finales de la década de 1990. La noción de ’movimientos sociales’, pues, no habría experimentado declive en este sentido, sino todo lo contrario. Y ello a pesar de las críticas internas y externas recibidas, incluido el predominio de la neutralización, institucionalización y más sofisticada represión de muchos de estos movimientos.

En tercer lugar, conviene destacar las contradicciones y ambigüedades de los conceptos dominantes. En la medida en que se han perdido vínculos con la lucha de clases, las referencias a los movimientos sociales tienden a ocultar la persistencia de formas institucionales y no institucionales del movimiento obrero, o coaliciones con el mismo. Las llamadas a la perspectiva “interseccional” no han obtenido aún demasiado eco (o lo ha sido más intelectual que mediático o político).

Además, la institucionalización de algunos movimientos sociales, tanto en su relación con el Estado como en la consolidación académica-disciplinar de quienes los estudian, ha comportado, en general, una atención limitada a sus rasgos no institucionales, anti-institucionales e instituyentes. Esta generalización, no obstante, debería dar cuenta de todos los esfuerzos que reman en sentido contrario, tanto desde algunas corrientes académicas como por el esfuerzo reflexivo y auto-crítico de muchos activistas (a veces a través de una escena “underground” de publicaciones en blogs, redes sociales, fanzines, libros no académicos, encuentros, etc.).

En continuidad con lo anterior, las visiones “emic” de los movimientos sobre sí mismos, sus auto-análisis y discursos, suelen estar subordinados en el resto de articulaciones discursivas y de poder, incluidas las académicas. No obstante, esta contradicción se amortigua cuando hay activistas con elevado capital cultural que usan su experiencia política para elaborar y diseminar esas interpretaciones desde el punto de vista de los movimientos (lo cual también tiene el riesgo de que sea una visión parcial o elitista desde algunos sectores dominantes en el interior de las organizaciones del movimiento).

En cuarto lugar, se han producido modificaciones históricas y discontinuidades del significado atribuido a la noción de movimientos sociales. La principal observación a este respecto tiene que ver con los ciclos de protesta. Es decir, con los períodos históricos en los que se intensifica la protesta y, generalmente, coinciden muchos movimientos sociales, conflictos y coaliciones. En esos momentos de eclosión e inmediatamente a posteriori, se acentúan y reactivan los intentos por definir los movimientos. Sin embargo, en los momentos de declive de las luchas hay una mayor tendencia a desconfiar de la utilidad de la noción de movimientos sociales y, por lo tanto, a sustituirla por otros conceptos alternativos. De nuevo, cierta cautela y más ilustraciones empíricas deberían ser consideradas aquí para que la generalización no sea tan grosera.


Para concluir, mi predilección personal apunta a la investigación-activista junto a movimientos emancipadores con los que sea posible una fructífera colaboración. Esto implica un diálogo continuado y crítico entre los debates académicos y los debates políticos acerca del desarrollo de los movimientos sociales. La calidad del conocimiento “sobre” los movimientos sociales no está garantizada por el distanciamiento objetivista de sus estudiosos. Tampoco al contrario: el auto-conocimiento “desde” el interior de los movimientos sociales puede quedarse en una simple auto-legitimación o en una reproducción simplificadora de los discursos intelectuales dominantes.

A mi entender, una mayor comunicación mutua y una más específica articulación práxica (con vistas a entender las relaciones entre discursos y prácticas, por un lado, y su potencial para informar las estrategias de los movimientos, por otro) nos permitiría salir del dilema “deconstruccionista” (es decir, no quedarnos únicamente en la crítica de los efectos institucionales de conceptos como el de movimientos sociales). La producción de discursos sobre los movimientos sociales, a su vez, participa de las luchas de poder en las que aquéllos están involucrados. Por lo tanto, una mejor atención a los efectos pragmáticos de esos discursos, y no solo a la calidad del conocimiento sobre los mismos, ayudaría a comprender su potencialidad y sus debilidades.


Referencias

Arrighi, G., Hopkins, T. & Wallerstein, I. (1989) Anti-systemic movements. London: Verso.
Cox, L. & Nilsen, A. (2014) We make our own history. Marxism and social movements in the twilight of neoliberalism. London: Pluto.
Godwin, J. & Jasper, J. (2004) Rethinking social movements. Lanham: Rowman & Littlefield.
Offe, C. (1985) The new social movements. Social Research 52(4): 817-868.
Riechmann, J. & Fernández Buey, F. (1994) Redes que dan libertad. Barcelona: Paidós.
Tarrow, S. (1998) Power in Movement. Cambridge: Cambridge.
Zibechi, R. (2011) Política y Miseria. Buenos Aires: La Vaca.

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