(2019) Un día de verano en Copenhague

Sunday 21 July 2019, by Miguel Angel Martinez

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Un sábado de julio en Copenhague


No tengo mucho que hacer. Los planes se han retirado a sus cuarteles, así que el tiempo puede dar rienda suelta a su naturaleza.

Marco tres puntos en el mapa pero no fijo ninguna ruta, ni siquiera estoy convencido de querer ir allí. Las últimas veces que los visité era diciembre. El frío y el viento cortaban el rostro. La oscuridad se cernía sin compasión poco más allá de las dos de la tarde. Mis recuerdos son casi niebla.

Hoy no. El sol es generoso, aunque sin abusar. También hay nubes y alguna llovizna intempestiva. El sillín de la bicicleta es duro, pero el vehículo de mis sueños ejerce su función adecuadamente. Después de todo el día pedaleando, solo a última hora caigo en la cuenta de que estoy en el paraíso ciclista. Tantas veces admirado y, al final, casi lo olvido, como si se hubiese infiltrado bajo la piel, en mi colección de gestos automáticos.

Recorro las construcciones nuevas a lo largo de la bahía. En realidad, es como un gran canal interior. Los diseños, volúmenes y alineaciones no son nada repetitivos. Más bien, juguetones y seductores. De postín. Se nota que el capital inmobiliario está en su salsa, frotándose las manos ante tamaño despliegue de músculo. Las compras y ventas, a toda vela. Los residentes haciendo deporte por las orillas. Los barquitos en el agua, para todos los públicos. Han creado una playa artificial. Los restos industriales o de modestas viviendas pioneras apenas asoman ya.

Ahora, con unos cafés y unas tartitas se puede hacer oro. Hasta las peluquerías se han vuelto un negocio altamente lucrativo.

Veo a una mujer practicando con una caña de pescar. Lance y recogida del carrete. Después sostener firme el equipo. Muy zen y metódico. Todo esto en tierra firme, en medio de la pradera.

No puedo evitarlo y al final asciendo hasta Christiania. La “ciudad libre”, por lo menos, aún en el nombre. El puño de la ley y otras heridas internas acabaron hace tiempo con las ilusiones. Allí inventaron las “cargo bikes” que aún siguen comercializando. Al lado luce la forja de mujeres. Y las casas, más o menos pintorescas, y ya con títulos de propiedad, permanecen en pie. También el mercado de hachís, con sus guardianes en todos los puntos de acceso. Uno me reprendió por hacer fotografías y me obligó a borrarlas. Fue muy explícito: “¿acaso tú harías fotos en tu país a gente que está vendiendo drogas?” me espetó. El despiste y la curiosidad no son buenas compañeras de viaje en los territorios farragosos.

Me dejo llevar luego por las corrientes humanas. Me detengo ante el teatro de la ópera. Escucho atentamente a un guía dar explicaciones en alemán, idioma que desconozco. Ese extrañamiento me lleva a meditaciones más metafísicas. El tiempo pautado. Los mensajes codificados. El espíritu de rebaño. Acumular, deglutir y defecar datos sin ninguna motivación previa. Probablemente exagero. Hay muchas preguntas que me formulo sobre la ciudad y me encantaría ir acompañado por alguien que me ilustrara. Pero anhelo, sobre todo, una conversación en profundidad. Un análisis crítico de los cambios, las inversiones, los beneficios, las consecuencias. Una sociología urbana, en dos palabras. Las otras formas de turismo me dan náuseas.

Observo a más navegantes. Un par de chicos jóvenes sin camiseta llevan la música a todo trapo. Message in a bottle, de Police. Parece que no pasa el tiempo. Hace unos días vi Bohemian Rhapsody, la película sobre Queen y Freddy Mercury. Músicas de mi adolescencia. Un grupo de chicas jóvenes en bikini también conduce su lancha con la música más baja. Alcohol y algo de picar se pueden ver en las mesitas de casi todas las tripulaciones recreativas. Es un sábado propicio para dejarse ver, llamar la atención, ocupar los espacios más exclusivos. La brisa marina y un atisbo de bronceado, de postre. ¿Cuál será su noción de libertad? Me pregunto.

Tomo una foto a montañas de arena que esperan a ser esparcidas como cimientos de nuevas construcciones. Una parcela bien situada en esta orilla de afluencias y relumbrón. La ciudad antigua se perfila al otro lado. La masa de turistas se desplaza sin ninguna duda, y yo la sigo. Pero no me detengo en los lugares atestados. Escogí volver a masajear mi memoria y pasar por la Folkets Hus. El edificio negro, sus carteles reivindicativos y un parque de fantasía, construido popularmente, me alegran el paseo. Otros parques urbanos también parecen cargados con polaridad negativa para los imanes del consumo, las imágenes de usar y tirar, las vacaciones sin imaginación. Allí descanso y leo. Soy pasto de la lentitud. Me mastica y me degusta. Y viceversa.

A falta de otros preparativos, me encuentro en la Red con una nutrida revista de poesía, Nayagua. Al principio solo iba a leer una reseña de un libro reciente (Los afectos, de Ernesto García López), pero enseguida pienso que es mejor concentrarse. Una lectura amplia y sugerente cada día, por lo menos. Mañana continuaré con el tocho de Urban Warfare de Rachel Rolnik, que hoy no quería cargar demasiado material a la espalda. Entre los descubrimientos, me gustan algunos poemas de Sonia Acal:

Acabo de caer en la cuenta
así de golpe,
como quien despierta
de golpe,
como el frío del mundo
de golpe,
que hace mil años que nadie se enamora de mí.

Un dato que,
junto al del informe médico de la artrosis
y el de la vida laboral, ya nadie me pide.

**

Me regaló un reloj.
Horas más tarde descubrí que estaba con otra.

Podría haberme regalado flores,
bombones, unos pendientes,
una cenita romántica a la luz de la Luna
donde poder fingir que estaba conmigo
mientras seguía en la Luna... qué sé yo,
esas cosas típicas que regala el marido infiel.

Pero no, me regaló un reloj
para que no perdiese mi tiempo.
Nunca lo puse en hora.



Y algunos de Juan Domingo Aguilar, como este:

Memoria histórica

En Polonia se ha prohibido
hablar de los campos de concentración
de los polacos en los campos
de los polacos vigilando los campos
de los polacos las palizas
todos los días a españoles
marcados con un triángulo rojo
del mismo color que la sangre
por el suelo cada mañana

se ha prohibido hablar de los campos
como si nunca hubieran existido
como si Auschwitz y Mauthausen
fueran una invención

como si Europa nunca hubiera sido
toda entera un cementerio


¿En qué idioma leer? ¿A cuál darle prioridad? Mi vida cotidiana es cada vez más políglota. Los alterno con frecuencia, por necesidad, pero también para mantener su llama. Que no se conviertan en cenizas. Y, sin embargo, la poesía solo parece incorporarse, evocar y acceder a las entrañas en la lengua materna. También hago mis pinitos y escribo algo, para no perder la costumbre:

Me caen hormigas de la cabeza.
Debo ponerlo por escrito cuanto antes
para que cesen en su actividad. Tal como
hizo Monterroso con su dionosaurio.


Continúo a la deriva. Otros edificios, otras calles, esculturas. El parque del Tívoli, por ejemplo.

Ee esta ocasión apenas he actualizado mis referencias urbanísticas e históricas. Solo leo algunos carteles informativos: la renovación de una zona verde gracias a una fundación privada, los bombardeos británicos del pasado, las zonas de descarga portuaria, los conciertos de verano, un nuevo boulevard, la reconversión residencial del distrito Carlsberg (donde se ubicaba tradicionalmente la producción industrial de cerveza). Todo refulge más que en invierno, no hay duda. Y también destacan los habitantes más invisibles. Currelas en la hostelería y supermercados, repartidores de comida en bicicleta, recogedores de latas, transeúntes alcoholizados y probablemente sin techo. Precariedad, racismo, marginación. El Estado del Bienestar fue arrasado por los cantos de sirena neoliberales. Pero la fiesta y la ignominia siguen su curso de la mano, para quien quiera verlo.

En un café hay tres jóvenes brasileñas que editan sus capturas del día y se las intercambian a través de la Red. Sefies y postales. También evalúan el alojamiento privado donde han trasnochado. Charlan sin apenas despegar la vista de sus teléfonos móviles. Trabajan de au-pair en Londres.

Buen momento para interrogarme acerca de mi trabajo. No puede consistir en una mera identificación de las miserias y sus responsables. Desvelar, denunciar. ¿Qué conocimientos pueden articular oposiciones eficaces a la maquinaria económica de destrucción y construcción masivas, ese bucle infernal? ¿Cómo romper las cadenas de complicidades? ¿Qué preservar, cuidar, mantener, mejorar y reconstruir, con una lógica más sensata y efectos más igualitarios?

Aplazo las respuestas.

Y concluyo: es refrescante salir a contemplar la ciudad y sus contradicciones en un día de verano.

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