(2005) Al lado del asfalto están las playas [SP]

Miércoles 19 de octubre de 2005, por Web

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Martínez López, M. (2005, October 19). Al lado del asfalto están las playas. Retrieved from http://www.miguelangelmartinez.net/...


Mostrarse con el cuerpo desnudo sigue siendo un tabú social. Por ‘desnudez’ se alude, en su sentido extremo, a la visibilidad pública de los órganos genitales. La represión moral que predomina hasta en los países más permisivos del mundo, se basa en una prohibición que secciona quirúrgicamente nuestros cuerpos: no enseñéis vuestros penes, senos, vulvas y nalgas. En otras épocas u hoy mismo, en muchos países o en ciertas situaciones sociales, la prohibición puede ampliar su listado de partes corporales obscenas: los tobillos, los muslos, los hombros, la espalda, la cara, el pelo y hasta los terriblemente líricos ojos. Cada una de esas partes debe cubrirse con vestimenta o con ornamentos que protejan al individuo del rechazo social. No obstante, esa férrea norma sufre desajustes en todas las sociedades y, sobre todo cuando el calor aprieta, puede tener muchos flancos amenazando su fundición.

Por una parte, sabemos que no se aplica por igual a todas las categorías sociales y, como en los naufragios, la convención parece fijarse en “las mujeres, los ancianos y los niños, primero”. En el caso de los niños, la norma suele invertirse: no importa que juguéis desnudos mientras no seáis plenas personas y ciudadanos. A medida que los niños crecen, perciben cómo los adultos y otros niños marcan lo púdico y lo impúdico en todos los ámbitos. Así, no es extraño ver, por ejemplo, cómo piden vestir su bañador incluso cuando acompañan a sus padres en las playas nudistas.

Por otra parte, sabemos que las normas sociales se relajan, se suspenden temporalmente o van reduciendo su poder de coacción a medida que se generalizan ciertas prácticas sociales. La minifalda, el “topless”, el ombligo al aire y la ostentación del músculo han ido expandiendo su aceptación social a medida que triunfaban espectáculos de masas como el deporte, la moda de alta costura, el cine o la pornografía. Instituciones como la Iglesia católica, que persiguió secularmente cualquier conato de tentación carnal y de placer sexual al margen de la procreación, han cedido incluso a la evidencia de que sus miembros más militantes, curas y monjas, necesitan airear sus cuerpos en verano y, por lo tanto, enseñarlos ampliamente a los demás.

Lo que a nadie se le escapa es que ese orden social conserva el núcleo duro de la prohibición. Y no se conserva solo, sino que precisa de la ayuda activa de parte de la sociedad. Solemos llamar “reaccionarios” a los colectivos que se oponen a toda transgresión de esa norma o a su simple despenalización jurídica, pero es difícil no ser cómplice por omisión desde el momento en que la vestimenta es tan necesaria como la desnudez. Incluso en las playas nudistas se puede percibir otro orden social en el que los cuerpos con sus órganos genitales a la vista también se diferencian socialmente según el tipo de gafas, gorros, joyas, sandalias, peinados o tatuajes que soporten. También en esos lugares donde se institucionaliza la desnudez parece existir un núcleo duro de regulación social: no podéis fornicar en público. Aunque esta regla es modulada, a su vez, según distintos grados de libertad sexual (mirarse, acariciarse, besarse, etc.), en el fondo viene a manifestar que el derecho a mostrarse desnudo no es necesariamente el más directo contrincante de la represión sexual. De hecho, desde el momento en que son excepcionales los cuerpos modélicos, casi siempre es más excitante lo que esconde, sugiere y moldea a nuestro capricho la ropa, que el común de los cuerpos exhibidos al natural.