(2006) Educación libre. Carta a Anaí. [SP][ENG]

Jueves 19 de octubre de 2006, por Web

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Hola Anaí.

Esta es una carta algo especial. Quiero aprovecharla para contarles a más personas el entusiasmo que he sentido en los últimos diez días. Espero que no te moleste. La verdad es que no me salía nada en forma de artículo o de ensayo al uso. Demasiadas emociones, vivencias y relaciones personales como para objetivarlas fríamente. Además, todo este tiempo he estado pensando cuánto te hubiera gustado venir con Luna a un encuentro como éste, después de los años que llevas buscando y experimentando por tu cuenta formas de educación libre. Y en todos los aspectos de la vida, claro, en las escuelas o fuera de ellas, en las okupaciones, en las convivencias en comunidad, en las calles, al margen de todas esas guerras sanguinarias y de toda esta demencia consumista.

El domingo empezaron las despedidas y a desmontarse el campamento. Antes de que se me quede todo un poco borroso, pues, te contaré cómo han ido estas “superacampadas” para adultos y niños que compartimos en un hermoso almendral del pueblo de Riglos, en Huesca. La idea surgió de un grupo llamado La Cigarra que tiene un proyecto más amplio de crear una escuela libre, al estilo de la anarquista Paideia o de las inspiradas por Pestalozzi. En esta ocasión, por lo tanto, estábamos un poco a prueba, casi de forma experimental, tanto para los siete monitores que lo han dado todo para que esto fuera posible, como para los que raras veces hemos encontrado colectivos donde estar a gusto con nuestros niños. Los ambientes políticos suelen despreocuparse mucho de ello. Y nosotros nos despreocupamos a menudo de lo que ocurre en las escuelas o campamentos convencionales donde los dejamos un tanto abandonados, recluidos y desprotegidos ante tantas disciplinas absurdas e incuestionables. Aquí desde el tercer día comenzamos a reunirnos en asamblea todo el mundo, de cualquier edad y condición. Con los monitores, no pasamos nunca de 35 personas, lo cual facilitaba las cosas. Ellos habían programado algunos juegos de conocimiento y confianza para romper el hielo los dos primeros días, pero nada más llegar ya se sentía un “buen rollo” cálido y sorprendente. Recuerdo, por ejemplo, la primera puesta de sol ante los “mallos” (unos imponentes riscos a los que un día fuimos a practicar algo de escalada) donde los niños y, tras ellos, todo el que quiso, se pusieron a correr como locos por un campo de trigo recién segado y polvoriento. Enseguida, comenzamos a hacer asambleas cada día, o cada dos, donde niños y adultos iban rotándose por las tareas de moderación y de tomar actas. Como puedes imaginar, además de ser algo insólito para casi todos, fue bastante simpático. Siempre intentando acabar en una hora y cada cual argumentando a su manera, haciendo gestos, interrumpiéndose y aprendiendo a decir lo justo. Sólo la puntualidad con la hora de inicio, las 10 de la mañana, brillaba por su ausencia.

Bueno, esa falta de puntualidad es un síntoma de que el ritmo de actividades fue, sobre todo, bastante tranquilo. La asamblea, de hecho, ocupaba ya una buena parte de las mañanas. Nada que objetar pues la mayor parte de los que estábamos allí manifestamos que nuestro propósito principal era divertirnos y una programación demasiado cargada hubiera sido nefasta. Lo cierto es que el conocimiento y el placer por la convivencia comunitaria surgieron a la par que lo anterior, pero era evidente que no se podía traicionar la principal demanda de “pasarlo bien” por parte de los niños y de muchos adultos que dejamos atrás toda vergüenza por disfrutar como niños. Si en algo se puede decir que lo anterior era verídico era en ver cómo tanto los juegos, como las asambleas, como las excursiones o cualquier otra actividad, eran plenamente voluntarias. Quien así lo deseaba, se quedaba mirando o haciendo otra cosa. Y muchos de los reacios al principio, acabaron en los días posteriores sumándose naturalmente a muchas de las actividades decididas por la asamblea. Sólo las tareas de cocina, limpieza y mantenimiento eran obligatorias, pero al ser rotatorias y los equipos de trabajo “intergeneracionales”, eran algunos de los mejores momentos para conversar, aprender, enseñar y regalar los resultados de nuestras mayores o menores destrezas al resto de compañeros.

Aunque me gustaría animarte a que tú también vengas el próximo año, siento que no voy a poder relatarte todos los detalles de lo que hemos vivido tan intensamente. Para que te hagas una idea más concreta te podría decir que los monitores, o “facilitadores” tal como ellos preferían denominarse, construyeron unas instalaciones sencillas y con materiales reciclados, además de proponer el uso de detergentes y comida ecológica. Inicialmente, toda la alimentación era vegetariana, aunque en una de las primeras asambleas se aceptó crear un fondo económico extra para comprar carne. Todos los residuos se separaban para su reciclaje y nuestras defecaciones se depositaban en dos “cacalecus” situados en los extremos de la finca, cubiertos con toldos, discretamente rodeados por una cortina de madera, señalados con una lámpara solar y que se iban tapando con hojas de coníferas y con tierra, finalmente, cuando estaban llenos. No confío en que este pormenor escatológico te persuada a venir, pero es que a todos nos hizo mucha gracia cómo nos explicó su funcionamiento el Xevi, el biólogo de los monitores. Más importante es el enfoque pedagógico que tenía casi cualquier acto. Por ejemplo, los fumadores tenían que reprimirse en todas las actividades comunes que hacíamos con los niños y durante las asambleas. Los niños no estaban nunca solos, siempre debía haber adultos cerca a los que poder preguntarles, pedirles ayuda o colaboración en sus juegos, cuando no eran los mismos adultos los que les proponían, nunca imponían, juegos. Pero también los niños más mayores, sobre todo, iban buscando sus rincones y espacios propios, donde cultivar sus secretos o travesuras. Las asambleas recogieron las quejas y conflictos surgidos, tanto entre niños como entre adultos, por lo que acabamos haciendo varios talleres y juegos de roles para ir más a fondo en estas cuestiones. Para evitar sufrimientos, para aprender a conocernos y a respetarnos, para intentar resolver lo que era resolvible de los conflictos, para descargar lágrimas, para reglarnos abrazos, y todo ello sin perder el humor, afortunadamente. En una de las duchas que estaba al aire libre sin paredes, o en las pozas de La Peña a las que fuimos dos días, muchos niños y adultos mostrábamos nuestros cuerpos desnudos con naturalidad, sin necesidad de hacerlo en lugares etiquetados como “nudistas” y sin que nadie se sintiese obligado a hacer lo mismo. Y lo que se decidía en la asamblea se llevaba a cabo, con coherencia: una excursión nocturna para dormir al raso, un taller sobre relaciones de pareja, limpiezas extraordinarias…

No te quiero abrumar. Tan sólo me gustaría hablarte un poco de cada una de las personas que allí nos reunimos, para que vieras cuán diferentes éramos y lo fácil que fue, la mayor parte de las veces, encontrar puntos comunes de interés, o para empezar a discutir, a intercambiar, a bailar. Bebés había pocos y a sus mamás tratamos de ayudarles, cuando era necesario, el resto. Un niño de unos diez años, Arael, no había ido nunca a la escuela y era todo un apasionado de las historias militares. Otro niño, Mohamed, vivía la mayor parte del tiempo en Tinduf, el Sáhara en el exilio, donde me contaba que su maestro de español aún les castiga físicamente, aunque su alegría, vitalidad y astucia eran desbordantes. Uno de los monitores, Juan, tenía cerca de 60 años y el pensamiento más positivo y constructivo que haya visto nunca. Algunas personas vinieron un par de días a hacer un taller de reflexología, de teatro, de geología, de artilugios solares. El hombre que sólo hablaba catalán, un profesor de educación física, nos puso a discutir a algunos sobre la lengua. Casi todos los adultos estábamos divorciados o separados, por no habernos casado nunca, de nuestras parejas. Dos días antes de marchar, Xevi y Juan recogieron a un autoestopista estonio, Thormo, y lo invitaron al campamento. Laura, que venía a título de tía de dos niñas, acabó proponiendo tantas cosas edificantes -biodanza, por ejemplo- como muchos de los monitores. De entre éstos, los más jóvenes, Adrián e Irene –una punki viviendo en una casa okupada de Zaragoza- tenían a los niños encandilados a su alrededor, aunque ninguno de los demás –Juan, Xevi y, los tres por mencionar, Mar, Conchita, Víctor- se quedaba atrás en mostrar sensibilidad, respeto y acompañamiento a cada niño en su propio proceso de evolución... La verdad, no me esperaba que todo transcurriese con tanta riqueza de estímulos y de armonía, a fin de cuentas. Por eso repetiré el año que viene y seguiré apoyando los proyectos de La Cigarra, como me gustaría que hicieses tú y toda la gente a la que le llegue esto. En fin, no te entretengo más. Espero que estéis bien y que sigas con tus luchas y caminos que, como ves, a veces también son los míos.


Hi Anaí. This is a very special letter. I want to use it for telling other people about my enthusiasm in the last ten days. I hope you don’t mind. The truth is that I didn’t feel like to write a standard article or essay. Too many emotions, experiences and personal relationships -impossible to objectify them in cold figures. Moreover, all of this time I have thought how much you and Luna would have liked to come to an encounter like this, after so many years you have been looking for and experimenting by yourself with different forms of free education.

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