(2012) Las okupaciones necesarias [SP]

Jueves 20 de septiembre de 2012, por Miguel Angel Martinez

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Ha sido un día agotador. Cuando se produce un desalojo de un inmueble okupado hay que hablar con mucha gente, mover enseres, escribir, reunirse y pensar continuamente en qué hacer de aquí en adelante. Muchas actividades programadas se han frustrado. Todo el trabajo y los recursos invertidos en hacer vivible el edificio quedan sumidos en una súbita penumbra. El polvo y el vacío volverán a apoderarse del espacio.

Ayer, 19 de septiembre de 2012, se desalojó el CSOA (Centro Social Okupado y Autogestionado) Casablanca después de dos años y medio de okupación. En realidad, se trataba de la prolongación de otros cuatro proyectos anteriores iniciados en 2006. Pero Casablanca, sin duda, es el que había llegado más lejos, probablemente debido a su confluencia con el movimiento 15M. Su céntrica localización, la amplitud y calidad del edificio, una ardua labor de auto-organización asamblearia y de cuidados internos, además de una eficaz estrategia de defensa legal, contribuyeron a ganarse a las miles de personas y colectivos que lo han usado. Hasta el último día discutimos sobre la conveniencia de fijar precios a las bebidas porque casi todo era gratuito o con precios solidarios para ayudar a cualquier proyecto autogestionario que lo solicitase. Cuanto más transcurría el tiempo, más diversidad social transitaba por Casablanca o se adhería al trabajo diario requerido para seguir extendiendo la autogestión. Hicimos todo lo posible para "romper el gueto". En pleno centro de la ciudad, en el cogollo de la especulación inmobiliaria, emergió un oasis para la expresión de mucho de lo que se censura, margina y excluye en nuestra sociedad. Apenas alcanzaríamos a atisbar todo el enriquecimiento personal y político que se ha generado sólo enunciando los centenares de proyectos, debates y fiestas que se han acogido.

Hace unos meses la Real Academia de la Lengua aceptó incorporar el término "okupa" con "k" en su diccionario. Y ya era hora. El auge reciente de las okupaciones desde mediados de 2011, azuzado tanto por la crisis económica como por las respuestas sociales ante quienes la gobiernan con sus malas artes, volvió a poner de relieve una práctica que, no obstante, tiene ya una larga historia en nuestro entorno. Abarcaría, por lo menos, tres décadas en cuanto a compartir discursos y formas de hacer política desde abajo, autónoma de la política institucional, radicalmente anticapitalista. La legitimidad de entrar en un inmueble vacío sin permiso de su propietario, sin embargo, no siempre ha gozado de mayoritarios apoyos sociales. Y eso que, de esta manera, okupando, siempre se ha alegado que se denuncia la especulación de los propietarios absentistas al mismo tiempo que se satisfacen las necesidades residenciales o de espacios sociales para quienes quedan fuera de las reglas y precios del mercado (y de las arbitrariedades de los gobernantes al repartir los bienes públicos). Obviamente, cada vez más gente se enfrenta cara a cara al drama de quedarse sin casa y, así, cada vez más se acepta que la okupación de los inmuebles vacíos y sin uso inmediato, son una opción socorrida para sobrevivir. Al menos por un tiempo.

El Código Penal de 1995 convirtió a la okupación, de un día para otro, en un delito. Lo que un día antes era un simple pleito civil, al día siguiente pasaba a constituir un crimen grave, supuestamente. Ese cuento no se lo han creído varias generaciones de activistas okupas que han seguido retando la criminalización y liberando espacios. Sin embargo, la espada del desalojo y de la posible condena penal siguen ahí pendiendo sobre cada nuevo intento. Contra todo pronóstico, el CSOA Casablanca había sorteado ese peligro. Hace un año se archivó definitivamente, "en firme", la denuncia interpuesta por la propiedad, la empresa Monteverde (acusada, como tantas otras promotoras inmobiliarias, de alentar la corrupción política). El juez de turno no había identificado ni autor individual de la okupación ni delito en las actividades que se desarrollaban. Monteverde lo intentó de nuevo en junio del presente año. Y otro juez ha decidido olvidarse de la existencia del anterior expediente y ni siquiera avisar al centenar de personas autoinculpadas de algo tan grave como una resolución de desalojo. Demasiados olvidos. Demasiadas ilegalidades juntas como para no deducir que hay una mano invisible pidiendo a gritos "que los saquen como sea y cuanto antes". Puede ser que les moleste la convocatoria del 25S a tan pocos metros de distancia. Puede ser que quieran vengarse porque tantas comisiones, asambleas y grupos de trabajo del 15M hicieran de Casablanca su morada principal. Puede ser que algunas maliciosas autoridades siguieran engañadas por sus perros de presa de la derecha mediática repitiéndoles que los okupas "dirigían" a las masas indignadas. ¿Y para qué están las asambleas abiertas y horizontales, entonces?

La okupación de Casablanca ya había sacado a la luz que la empresa Yoopro adquirió en 2001 este edificio por unos 4 millones de euros y se lo vendió en 2004 a Monteverde por unos 12. La primera, además, logró que el antiguo colegio se convirtiese, por arte de birlibirloque, en una calificación residencial que los nuevos inversores intentarían rentabilizar vendiendo los pisos rehabilitados a precios astronómicos, no inferiores a medio millón de euros cada uno. Para su desgracia, antes de finalizar las obras entraron en concurso de acreedores y ahí se quedó muerto y enterrado otra vez el edificio fantasma durante más de una década. Sólo por eso, las okupaciones ya son necesarias. Pero nos quedaríamos cortos de miras si sólo considerásemos estas acciones de protesta desde su vertiente de crítica y denuncia social, poniendo en riesgo, incluso, la seguridad personal de quien okupa. El siguiente paso siempre es más alegre y creativo. Se trata de construir alternativas de vida, de relaciones sociales igualitarias, de ocio no mercantil, de luchas de múltiples movimientos sociales, de democracia directa, de cooperación y aprendizaje. Nada de ello es delito. Todo en su conjunto puede hacer despertar a mucha gente de una pesadilla perpetua. Y los espacios okupados, recuperados, liberados y autogestionados parecen ser fructíferos viveros para los experimentos colectivos de bienestar, contrapoder y gestión autónoma de lo común. Por eso, las okupaciones también son imprescindibles.

Cuando nos sobran los indicios de agotamiento de la quimérica sociedad de propietarios-hipotecados en la que hemos ido incurriendo con entusiasmo desde el desarrollismo franquista, resulta sorprendente que la concepción absoluta de la propiedad privada siga rigiendo los destinos de quien necesita un lugar asequible donde vivir o donde socializarse con sus semejantes y diferentes. La okupación interroga de frente el dogma de la propiedad privada, pero deja abiertas muchas puertas. Quien no tiene poder, tiene poder. La vieja consigna sigue siendo válida aquí, en la debacle inmobiliaria y financiera a las que nos han arrojado las clases dominantes. Hay manuales de okupación, personas experimentadas y abundantes inmuebles desocupados que suponen, ante todo, un derroche escandaloso de recursos colectivos. Mientras no haya otras alternativas, la apropiación autónoma de esos lugares por quien no tiene otra cosa, seguirá reclamando su cuota de legitimidad. Ni la dureza actual del Código Penal ni la reciente reforma abusiva de la Ley de Arrendamientos podrán frenar las necesidades -y, por tanto, los derechos- sociales de quien no posee bienes inmuebles. En Casablanca hemos demostrado que hemos ganado esa batalla política de la legitimidad. Incluso habíamos ganado la batalla legal antes de que alguien comenzase a jugar sucio. Esas eran nuestras armas. Las autoridades, con Delegación de Gobierno a la cabeza, simplemente han optado por usar sus armas, mucho menos dialécticas, y por incrementar la represión desde que llegaron a los despachos del mando. En Madrid, la Osera, la Salamanquesa y la Cantera han sido algunos de los CSOA desalojados este año con similares artimañas expeditas. Ahora nos ha llegado nuestro turno. Lo que ha cambiado es que cada vez hay más unidad entre los centros sociales, diversos colectivos autogestionados y una población desengañada con esta masiva estafa llamada "crisis". Por eso nuestra lucha no ha hecho nada más que empezar.

Escrito por: Miguel Angel Martinez
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