(2011) Relaciones de género en los Centros Sociales Autogestionados [SP]

Martes 5 de abril de 2011, por Miguel Angel Martinez

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El siguiente texto lo escribí hace unos meses, cuando retomamos este espinoso tema en el CSOA Casablanca. Desde entonces, empezamos a trabajar más regularmente en un "grupo de hombres" del que, seguro, emergerán nuevas reflexiones que puedan ser útiles a otros/as activistas.

Desde el desalojo de Malaya comenzamos a reformular un modelo de autogestión del Centro Social en el que decidimos crear una comisión de “cuidados” interpersonales que antes no existía. Uno de los problemas en los que trabajaría dicha comisión era el relativo a las relaciones de género.

En la Mácula la “comisión de cuidados” comenzó a operar pero fueron tres hechos los que pusieron las desigualdades de género en primer plano: 1) una agresión de “acoso sexual” denunciada por dos compañeras de la asamblea contra un compañero también participante en la asamblea; 2) la solicitud, por parte de compañeras de otro centro social y anteriormente muy activas en Malaya, de celebrar una fiesta exclusiva para mujeres; 3) la medición de tiempos de intervención e interrupciones en las asambleas, distinguiendo por sexo. Se debatió sobre todo ello, se adoptaron algunas medidas y se expresaron, sin profundizar mucho, los numerosos conflictos que las relaciones de género siguen suscitando en el activismo de las okupaciones y de los centros sociales.

Durante los primeros meses de Casablanca se intentaron varias reuniones específicas de grupos mixtos y segregados, que no tuvieron apenas continuidad. Sólo en los talleres de asamblearismo y en los plenarios de debate interno sobre nuestra “identidad” y “proyecto” volvieron a manifestarse algunas preocupaciones respecto a las relaciones de género y se llegó a proponer un fallido encuentro de reflexión sobre textos anarcofeministas / queer. Pero, otra vez, sólo dos nuevos crudos sucesos reactivaron los debates explícitos: 1) una agresión de “acoso sexual” a una amiga de una compañera “tallerista” que había venido a colaborar en una jornada de trabajo, por parte de un participante habitual en uno de los talleres del CS; 2) la protesta por correo electrónico de una compañera de la asamblea con respecto a las pautas masculinas habituales de abuso de la palabra, interrupciones y actitudes sexistas durante las asambleas. Semejantes problemas, pues, vuelven a emerger y semejante dejadez con respecto a las relaciones de género vuelve a reiterarse una y otra vez.

Cabe preguntarse, por lo tanto, a qué se debe esa “barrera” que tenemos con respecto a las desigualdades de género o, dicho de otra manera, con respecto a la lucha “feminista” por la igualdad entre hombres y mujeres. Podemos aventurar varias hipótesis:

a) Los casos extremos de agresiones sexuales siempre parecen puntuales y difíciles de evitar, aunque se reaccione enérgicamente frente a ellos. Puesto que sólo serían uno de los casos extremos de violencia sobre las mujeres, no se verían con frecuencia en el CS y, en consecuencia, no nos preocuparían demasiado ni se considerarían urgentes.

b) Las desigualdades de género en cuanto a la expresión en las asambleas habitualmente pasan desapercibidas por ser sutiles y porque no suele haber quejas explícitas al respecto. Aunque en algunas ocasiones se pongan de manifiesto, se suele pensar que hay muchas mujeres muy activas en el CS que también participan abierta y libremente en las asambleas. En consecuencia, bastaría con recordar de vez en cuando que “no se avasalle a las mujeres” en los debates asamblearios.

c) Nos movemos en un ambiente activista donde no parece muy necesario colocar las luchas feministas en el mismo lugar entre las prioridades de luchas políticas que nos motivan porque, aparentemente, las “mujeres okupas” muestran de forma natural su independencia, capacidad, opiniones, etc. Aunque sea evidente que siempre hay más hombres que mujeres, no se estima que eso repercuta en las relaciones mutuas ni en la implicación. Aunque a veces salgan a la luz “roles de género” (especialización de mujeres en tareas de cuidados, limpieza, comida, expresión de sentimientos, vestir coloridamente, etc. y de hombres en redactar textos, manejo técnico de herramientas, defender con vehemencia sus opiniones, alexitimia, vestir con colores oscuros, etc.) rara vez se problematizan y no se consideran enquistados, sino que habría fluidez entre ellos.

d) Los hombres no debatirían de género porque implica ceder parte del poder (de dominación) que ejercen fuera y dentro del CS (no tienen miedo a ir solos por la noche, no son piropeados o insultados por la calle, no se les valora -ante todo- su atractivo corporal-sexual en las entrevistas de trabajo, no se les paga menos por su trabajo o encuentran empleos con más dificultad, tener hijos a su cargo es una posibilidad remota en sus vidas, cuidar a personas enfermas o mayores es algo que les sucede sólo a mujeres pobres inmigrantes, se olvidan de comprar los condones o de hacerse la prueba del SIDA, no sufren asesinatos por celos de sus parejas, no les preocupa tener limpios los baños o fregar los cacharros, no sufren más enfermedades y pobreza en gran parte del planeta, no son mutilados sexualmente al nacer o dilapidados por adulterio en muchos países, etc.).

e) Las mujeres no debatirían de género en un grupo mixto de activistas porque saben que abrir el debate supone ejercer una “violencia simbólica” sobre un orden de relaciones aparentemente iguales y sin violencia sexista.

f) Nadie querría debatir de género por carencia de un ideal definido de sociedad igualitaria en el que hombres y mujeres (y todo tipo de categorías en ruptura con esos dos polos: homosexuales, lesbianas, transexuales, bisexuales, intersexuales, etc.) desarrollen libremente sus diferencias y necesidades. Habría, igualmente, muchos tipos de hombres y muchos tipos de mujeres, por lo que la generalización podría ser abusiva e injusta. De nuevo, debatir en términos “feministas” tiende a verse como “políticamente incorrecto” en ambientes sociales donde muchas personas están convencidas de que hombres y mujeres se tratan de forma muy igualitaria y hasta se comprenden y apoyan, en algunos casos, las luchas de otras mujeres más discriminadas o explotadas en el resto del mundo.

No es fácil discernir cuál de esos fenómenos puede estar reproduciendo la mencionada barrera de inmunidad al debate sobre las relaciones de género, o si varios lo hacen simultáneamente, pero su sola enunciación nos señala la existencia de un problema grave en el nivel más básico de nuestras relaciones personales, y hasta de nuestra intimidad como sujetos en trance de su emancipación con respecto a todo tipo de opresiones (desde las actitudes e ideas recibidas acríticamente en el sistema educativo y en la familia, hasta la precariedad vital que nos impone el sistema capitalista).

Pocos hombres activistas reconocerán abiertamente que son machistas en alguna dimensión de sus vidas, mientras que muchas mujeres activistas sí reconocen a menudo que sufren agresiones, discriminaciones y “micromachismos” tanto fuera como dentro de los CS. Algunos hombres bregan casi en solitario por definir modelos más saludables y alternativos de “masculinidad”. Sin embargo, también entre todos esos puntos hay brechas que nos separan. ¿Serán suficientes para lidiar con esta espinosa cuestión los talleres regulares, las conferencias, los debates y las campañas de solidaridad, o se necesita un trabajo más constante, profundo y reflexivo por desarraigar de nuestro más recóndito inconsciente la “naturalidad” con la que nos relacionamos hombres y mujeres?

La revolución en este ámbito de nuestra realidad más inmediata es igual de prioritaria que la expropiación (temporal) de los inmuebles objeto de la especulación urbana. Para que estos sean espacios de libertad, las luchas feministas (en toda su amplitud y controversia) deberían ser ampliamente visibles entre sus paredes. Y en lugar de “paternalismos” o “apadrinamientos” por parte de los hombres “más feministas” (que tendrían, de nuevo, una oportunidad para mostrar que son activos y los protagonistas principales), o de retóricas vagas basadas solo en lemas trillados, parece necesario un trabajo amplio, continuo y compartido (y segregado sexualmente, siempre que así se estime y necesite).

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